Me sentí atraídada por los botes de Arriluce, humildes, sin pretensiones, útiles para los pescadores y con un magnífico colorido .
Aparte de que disfruté muchísimo pintándolos y de que se vendieron en cuanto los colgué en Madrid, lo más interesante es que ya forman parte de la historia pues el encantador puertecito de Arriluce se ha convertido en un masivo puerto deportivo en donde pasan sus horas de ocio familias enteras acompañadas de niños que gritan y adolescentes adornados con los últimos modelos de piercing y tatuajes, mientras engullen grasientas hamburguesas.
Añadamos a éste espectáculo los barcos de tamaño medio que hicieron exclamar a mi amiga de Madrid: ¡Nunca había visto un puerto con barcos tan pequeños!