domingo, junio 24, 2012

kader attia

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Kader Attia recogiendo el vacío



En los países subdesarrollados la bolsa plástica alcanza una dimensión cuasi-sagrada, cuyo valor sobrepasa la útil función menospreciada por el consumidor occidental. A diferencia de las bolsas que se utilizan en todo Occidente, y que de alguna forma sirven para significar el consumo o el despilfarro de las compras en un Mall o en un Supermercado, la bolsa de nailon en otros confines del globo bien pudiesen ser entendidas como herramientas de la cultura material que emana el diario vivir.

La "jaba" – como al menos se le llamaba en Cuba para recoger la factura de la bodega – es una especie de mochilla guerrillera con la cual el oriundo de la ciudad trafica con todo tipo de mercancía de contrabando: de huevos a jamones, de perfumes a latas de atunes. Puedo recordar ahora que, en plena Cuba del "Periodo Especial" de los 90s, ancianos arrugados vendían bolsas plásticas a la salida de los mercados agrícolas. Poco a poco las bolsas iban tomando características humanas, de valor comodificado, y un aura de vacío interino. Un vacío que le concede al propio del ciudadano, visto desde el esquema global, un sentido de flote sobre el desguarnecido y desnudo paisaje. Los que hayan visto el film de Sam Mendes American Beauty (1999) recordaran aquella poetización de la bolsa plástica que danza sobre las calles y se deja llevar por las corrientes de la cuaresma. He ahí una imagen de lo post-humano que se vive constantemente en las ciudades. Al artista contemporáneo Kader Attia (nacido en Alegría, exiliado en Francia, y residente de Berlín), quien no vacila en sacudirse a la velocidad de un nómada por las bienales y los museos de la aldea global, se ha dejado fascinar también por la poética de la jaba de nailon; aunque para el artista la esencia de la bolsa reside, precisamente, en su vacío interior, en una operación de la supervivencia tanto del hombre urbano como del arte mismo. La bolsa apresa, desde su forma efímera y delicada, el vacío que Yves Klein, Henry Moore, y buena parte del arte contemporáneo ha intentado comprimir y saturar.
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El desarrollo estético de las bolsas guarda una historia real. El artista cuenta que todo comenzó una tarde cuando en París vio una larga fila de desamparados de las calles recogiendo comida con sus bolsas plásticas, y que él, quien entonces pensaba una manera de acerca el arte a la política, decidió ayudar a los que generosamente llenan las bolsas de comidas. Un día, mientras facilitaba comida a los pobres de la línea, uno de ellos le rogó una segunda ración, a la cual el asintió. A lo lejos, vio como el desamparado sacaba toda la comida de la bolsa, arrojaba la bolsa, y la canjeaba por drogas. A Attia sin embargo, no le interesaba el momento del canje, sino lo que quedaba atrás, casi olvidada: la bolsa vacía.

En las últimas exhibiciones, Kader Attia ha llevado a sus límites la exploración del vacío, y ha preferido escoger el camino de los materiales efímeros que sirvan como huellas que van permaneciendo tras su contacto con lo humano. Ya sean bolsas de papel o de plástico, formas espectrales en papel de aluminio repetidas en toda una sala, o tanques de agua, Attia se mueve entre la dialéctica del vacío interior y la proliferación exterior en el espacio del museo. Es ahí, en ese vacío operante como querían los antiguos maestros orientales, donde se ubica la crítica social de Attia: para que puedan existir bolsas llenas del consumismo capitalista, también tienen que existir la otra cara de la otra bolsa: vacía, sobrevolando el espacio fantasmagórico de la ciudad o sirviendo de arma para el que diariamente se busca la vida en la urbe. Las bolsas vacías son signos de la carencia de las almas que habitan toda una ciudad, y del despliegue postmodernista que aun intenta buscarle sentido a ese vacío.
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Nos sirve recordar aquel viejo adagio de Lao Tzu: "el hombre crea las cosas, pero solo el vacío les otorga sentido". La forma de las piezas y esculturas de Kader Attia, en efecto, solo parecen cobrar algún sentido si se entiende desde su vacío, desde esa vacuidad que las remide. Si para Lacan lo Real era el abismo incomprensible, situado en la exterioridad de las estructuras del lenguaje de lo simbólico, el vacío en las bolsas de Attia busca acercarnos a ese momento en que lo frágil se muestra en su lugar mínimo de materialidad: a punto de desaparecer en el vacío. No es casualidad que una de sus exhibiciones – Espectros – evoque también el fantasma que transmite la operación del abismo. Al no poder dramatizar, es decir expresar, las inmensas miserias de los excluidos, de los países neo-colonizados, y de la pobreza, Attia opta por una fotografía del espacio negativo de aquella condición que se nutre del vacío. Quizá encontremos también en estas incursiones sobre el vacío, notables resonancias del pensamiento Sufí que, al proclamar una poética de la concavidad del alma, remite a una laguna de lo espiritual.

Artista interesado más en los rastros de la experiencia humana que en la potencia intelectual, la obra de Kader Attia busca esquivar los binarios e imponer la alteridad entre diferentes culturas y mundos, lenguajes y paisajes, ciudades y edificios. Sus bolsas vacías también nos avisan que ellas no solo pertenecen al mundo bajo y pobre del "globo sur", sino que también atraviesan mares y se integran fácilmente en los oscuros márgenes de las ciudades occidentales inundadas de seres sin rostros.

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